Cuando era niño, solía pasar por una galería comercial en la que había una tienda de modelismo que tenia en la vidriera trenes, aviones y demás vehículos . Me fascinaba un tren en particular, estaba armado en exposición, con todos los detalles en las vías y los depósitos a escala. Nunca me atreví a pedir que me lo compraran porque me parecía que todo eso estaba destinado al mundo adulto, de expertos detallistas, que todo allí era bien diferente de una juguetería infantil, de hecho no recuerdo haber visto nunca a un chico dentro de ese local.
Luego de mucho tiempo, ya en mi vida de adulto , un día al azar pase por una tienda parecida a aquella de mi infancia y compre un tren. Fue un acto desapasionado, mecánico y sin esfuerzo, fue la confirmación del poder implacable y transformador que ejerce el paso del tiempo. No encontré nada en ese objeto adquirido, no significaba nada especial. No estoy seguro de que si esa sensación vacía de emoción se debe a la diferencia que hay entre este tren ,actual y posible, con aquel lejano y deseado en secreto; o a la diferencia que hay entre aquel niño que fui y este hombre que soy.
La imagen entonces trata de retratar las dos experiencias simultáneamente. busque mostrarlo imponente, levemente desde una posición contrapicada de admiración; a su vez iluminado fríamente, en un ambiente neutro que nada tiene que ver con la calidez y los colores desbordantes de la infancia.

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